Durante muchos años se impuso en Argentina, como en el resto del mundo, una concepción elitista de lo cultural que circunscribía sus producciones al ámbito exclusivo de las bellas artes.

En el siglo XX, con el aporte sustancial de la antropología, la etnografía y el folklore, el campo de lo cultural se ensancha y comienzan a ser objeto de estudio y reflexión las costumbres, tradiciones, artesanías, y hasta el modo peculiar de prácticas, hábitos y usos cotidianos de un grupo social.

Tras el tremendo impacto producido por los medios, al que se suma actualmente el de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, las condiciones de creación y circulación de bienes culturales ha cambiado notablemente. Defendidos o denostados, los nuevos productos culturales ya forman parte incuestionable de un horizonte en el que confluyen el arte y la ciencia, la tradición y la innovación, el individuo y las instituciones, la materia y el símbolo.

 CINE

Orígenes del Cine Nacional

El 18 de julio de 1896 en el Teatro Odeón de Buenos Aires tuvo lugar la primera exhibición cinematográfica en nuestro país, mediante el uso de la tecnología de los hermanos Lumière, y al año siguiente comenzó la importación de cámaras francesas.

Entre los primeros aficionados se destacó Eugène Py, quien se convirtió en el primer realizador y camarógrafo con el corto La Bandera Argentina, donde se aprecia la enseña patria flameando en el mástil de la Plaza de Mayo. Por su parte, el médico Alejandro Posadas filmó, con afán documental, varias de sus intervenciones quirúrgicas.

Con el arribo del siglo XX se inauguraron las primeras salas y aparecieron los noticieros, entre los que se destacó El Viaje de Campos Salles a Buenos Aires en el que junto al mandatario brasileño aparecían Julio A. Roca y Bartolomé Mitre. En estos años, las temáticas se limitaron a reflejar eventos sociales, paisajes, desfiles militares y grandes sepelios. En estos rubros se destacaron La Revista de la Escuadra Argentina de 1901 y las exequias de Mitre en 1906.

En 1907 se produjeron los primeros ensayos de cine sonoro en los que la imagen era acoplada a un registro fonográfico.

El primer realizador de ficción fue Mario Gallo y su primera película fue El Fusilamiento de Dorrego en 1909. Tras esta producción siguió una serie de trabajos de carácter histórico como La Revolución de Mayo, primer filme de ficción con actores profesionales, y La Batalla de Maipú.

En esa línea, Julio Raúl Alsina produjo Facundo Quiroga y Cielo Centenario, síntesis de los actos realizados durante los festejos de los cien años de la Revolución de Mayo.

Una figura de relieve en el campo del documental fue Federico Valle, creador de Film Revista Valle, un noticiero semanal que apareció entre 1916 y 1931.  

Los Primeros Largometrajes

En 1914, Enrique García Velloso filmó el primer largometraje nacional: Amalia. El séptimo arte ganaba espacios y al año siguiente llegó el primer gran éxito de recaudación: Nobleza Gaucha, de Humberto Cairo. En 1917 Federico Valle produjo el primer largometraje de animación del mundo: El Apóstol, una sátira de Hipólito Yrigoyen realizada por Quirino Cristiani, y un año más tarde dirigió Una Noche de Gala en el Colón, caricatura de las celebridades de la época, representadas a través de marionetas.

En este período, la temática oscilaba entre melodramas, policiales, cintas cómicas y temas de campo. Se llevaron a cabo más de doscientas películas, entre las que descollaron las de Agustín Ferreyra, director volcado a la temática tanguera mediante la apelación a los asuntos suburbanos y camperos en una estética en la que confluían el tango, el sainete y las pecadoras redimidas. Entre sus títulos se destaca Muñequitas Porteñas (1931), el primer film sonoro y hablado por sincronización fonográfica rodado en la Argentina.

La Gran Expansión

Tras algunas experimentaciones inconclusas, la recién fundada Argentina Sono Film, produjo Tango en 1933. Esta "cabalgata musical" dirigida por Luis Moglia Barth con Azucena Maizani, Luis Sandrini, Libertad Lamarque, Mercedes Simone, Tita Merello, Pepe Arias y Juan Sarcione, fue la primer producción sonora integral estrenada en nuestro país.

Ese mismo año, la compañía Lumilton estrenó el trabajo de Enrique Susini Los Tres Berretines, en la que aparecían retratados el tango, el fútbol y el cine en el marco de una familia, con la intervención de Luis Sandrini (a esa altura, la estrella del cine nacional) acompañado por Luis Arata y Aníbal Troilo -entre otros-.

Estas películas hicieron que el séptimo arte adquiriese cada vez más popularidad y se integrase a la vida cotidiana de los espectadores. A la vez, las mencionadas empresas contaban con estudios propios y producían una treintena de películas anuales, que eran exportadas a toda Latinoamérica.

Los principales realizadores de esta etapa fueron Manuel Romero (La Vida es un Tango, La Muchacha del Circo, Fuera de la Ley), Mario Soffici (Prisioneros de la Tierra), Leopoldo Torres Ríos (La vuelta al Nido, Aquello que Amamos), Luis César Amadori (Dios se lo Pague, Almafuerte, Hay que Educar a Niní) y Francisco Mugica (Así es la Vida; Los Martes, Orquídeas).

Otros directores que comenzaron su andadura en esta época fueron Carlos Hugo Christensen (Safo, El Ángel Desnudo), Lucas Demare (La Guerra Gaucha, Su Mejor Alumno), Daniel Tinayre (Bajo la Santa Federación, Mateo), Manuel Romero (Noches de Buenos Aires, Los Muchachos de Antes no Usaban Gomina) y Alberto de Zavalía (Dama de Compañía, Rosa de América).

En ese contexto también se multiplicaron las comedias livianas y melodramas especialmente dirigidos a las "damas y damitas", público femenino que colmaba las salas.

Los '40 vieron el surgimiento de la cooperativa Artistas Argentinos Asociados, donde se agrupó gran parte de la industria. En la extensa filmografía de esta etapa, se destaca especialmente el film de Lucas Demare La Guerra Gaucha (1942), un relato de gran calidad en términos de epopeya.

Sin embargo, la segunda guerra mundial perjudicó notablemente la importación de materia prima, lo que motivó la creciente intervención del Estado en la asignación de créditos y distribución de película virgen. Pese a muchas dificultades, la cinematografía nacional siguió adelante. Hugo del Carril se convierte en la figura destacada de esos años(Las Aguas Bajan Turbias, La Quintrala, Más Allá del Olvido).

La Creación del Instituto de Cine

En 1957 se promulgó la Ley de Cine y se creó el Instituto Nacional de Cinematografía (INC), antecesor del actual Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA).

En estos años se afirmaron directores como Leopoldo Torre Nilsson (La Casa del Ángel, La Mano en la Trampa) o la dupla compuesta por Fernando Ayala y Héctor Olivera (El jefe, El candidato), que abrieron camino a la llamada generación del '60, directores independientes que actuaban por fuera del sistema de estudios. Algunos nombres de este período son Simón Feldman (El Negoción), José Martínez Suárez (Dar la Cara), René Mugica (El Hombre de la Esquina Rosada), Lautaro Murúa (Shunko) y Manuel Antín (La Cifra Impar).

Por otros caminos, Fernando Birri impulsó el cine documental de contenido social (Tire Dié, Los Inundados). Son también los años de inicio de Leonardo Favio, actor, cantante y director (Crónica de un Niño Solo, El Dependiente).
A fines de la década comenzaron los ensayos de cine alternativo y experimental, encarados por directores que venían de la publicidad y el cine de denuncia social, simbolizado por el grupo Liberación en el que participaban Fernando "Pino" Solanas y Octavio Gettino (La Hora de los Hornos), sorteando censuras para dar a conocer sus trabajos en exhibiciones clandestinas.

Con el retorno democrático de 1973, el cine nacional tuvo un gran momento, tanto en el afianzamiento de la crítica como en su masividad. Favio volvió a filmar (Juan Moreira), al igual que Lautaro Murúa (La Raulito). Héctor Olivera apuntó al cine histórico (La Patagonia Rebelde) y Sergio Renán logró una candidatura a los premios Oscar (La Tregua).

Este vendaval creativo fue cortado de cuajo por la censura encarnada en el Ente de Calificación Cinematográfica y la represión de la dictadura militar que provocó la muerte, el silencio y el exilio de artistas. Sin embargo, realizadores como Adolfo Aristarain (Tiempo de Revancha) o Fernado Ayala (Plata Dulce)lograron sortear la censura y fueron una bocanada de aire fresco.

El Cine en Democracia

El retorno democrático puso fin a la censura y el INC fue presidido por un hombre de cine: Manuel Antín. Desde allí se generó el retorno de los postergados y el surgimiento de los nuevos. María Luisa Bemberg logró una candidatura al Oscar (Camila), galardón que finalmente obtuvo Luis Puenzo con La Historia Oficial. "Pino" Solanas retornó al país (Tango: El exilio de Gardel) y surgieron Eliseo Subiela (Hombre Mirando al Sudeste) y Miguel Pereira (La Deuda Interna), entre otros. Todos ellos ganaron premios internacionales y fueron elogiados por la crítica y el público en varias partes del mundo.

En 1995, con la sanción de la nueva Ley de Cine que obliga al video y a la televisión a aportar dinero para financiar películas argentinas y establece los regímenes de coproducción internacional, la filmografía argentina tomó un nuevo impulso. Surgió entonces una nueva generación de creadores que renovaron, estética y argumentalmente, nuestro cine. Entre ellos podemos citar a Fabián Bielinsky (Nueve Reinas), Lucrecia Martel (La Ciénaga), Pablo Trapero (Mundo Grúa) y Juan José Campanella (El Hijo de la Novia). Esta camada obtuvo múltiples premios y reconocimientos e hizo del séptimo arte una nueva puerta de entrada a nuestro país.

TEATRO

Teatro Pre-hispánico

A diferencia de otras regiones americanas, no hay registros de tales prácticas en nuestro territorio, salvo el ritual anual desarrollado en Sumamao, Provincia de Santiago del Estero, hoy ya desaparecido.

Teatro Colonial

La actividad llegó a estas tierras de la mano de los conquistadores y misioneros españoles. Lope y Calderón fueron los autores más representados, por gozar de prestigio en la metrópoli, mientras al mismo tiempo florecía el teatro de catequesis, impulsado por los religiosos.

Al comenzar el siglo XVIII ya se había perfilado un público para el teatro de entretenimiento. En 1783, el virrey Juan José Vértiz autorizó el funcionamiento de la primera casa de comedias, conocida como Teatro de la Ranchería que funcionó en un galpón de techo de paja, habilitado hasta que se construyera un recinto definitivo, proyecto que nunca llegó a concretarse. Allí debutó en 1788 la actriz María Mercedes González y Benavídez, viuda y madre de tres hijos, quien debió recurrir a la justicia para poder ganarse el pan sobre las tablas, en función de la férrea oposición paterna. Allí también se estrenó un domingo de carnaval de 1789 la loa La Inclusa y el drama principal en cinco actos Siripo del poeta y periodista Manuel José de Lavardén, cuyo texto hoy perdido es considerado el comienzo del teatro culto nativo. De la misma época data una pieza considerada fundacional de la vertiente más popular de la escena nativa: El Amor de la Estanciera, sainete de autor anónimo y de ambientación campesina. En 1792 un incendio determinó el cierre del recinto.

Teatro de la Emancipación

El 1º de mayo de 1804, se inauguró una nueva sala: el Coliseo Provisional.

Tras la Revolución de Mayo, el repertorio español fue dejado de lado -a excepción de Leandro Fernández de Moratín y El Sí de las Niñas- y se impuso el gusto francés, donde brillaba Molière.

En el segundo aniversario de la Revolución, se estrenó allí El 25 de Mayo o El Himno de la Libertad de Luis Ambrosio Morante. También subió a escena el sainete El Detalle de la Acción de Maipú, de autor desconocido, que dramatizaba el parte de San Martín a Pueyrredón anunciándole la victoria. Pero el énfasis rebelde de la época lo marca el estreno de Túpac Amaru, tragedia en verso atribuida a Morante, convertido también en actor, apuntador y director, que daba cuenta de la revolución indígena de 1870 en el Alto Perú.

La Época de Rosas

Durante su gobierno se levantaron el Teatro de la Victoria, el del Buen Orden y el de La Federación; sin embargo, ello no implicó el fortalecimiento de una dramaturgia propia, ya que se llevaban a escena variedades, espectáculos circenses y melodramas. Proliferó el teatro propagandístico y la mejor expresión de estos años fue el Don Tadeo de Claudio Mamerto Cuenca. Los autores que optaron por el exilio (José Mármol, Bartolomé Mitre, Pedro Echagüe) poco aportaron a la escena nacional. La excepción fue Juan Bautista Alberdi, quien prefiguró el grotesco en la dramaturgia argentina con El Gigante Amapolas y sentó además las bases para la crítica teatral desde las páginas de la revista La Moda.

La Organización Nacional y el Fin de Siglo

En los años posteriores a Caseros, las compañías europeas frecuentaron el país con un repertorio prolijo y cuidado que abarcaba diversas especies dramáticas y de la lírica, aunque con poco espacio para los autores nacionales. Martín Coronado (La Piedra del Escándalo; Parientes Pobres) sólo era representado por elencos españoles y Nicolás Granada (¡Al Campo!; Atahualpa) hubo de traducir sus obras al italiano para montarlas en escena. Faltaba pues, la compañía nativa para la dramaturgia nacional. Y llegó de la mano del circo criollo.

Éste, también introducido por compañías europeas, gozaba de gran aceptación popular. El primer artista nacional del género fue Sebastián Suárez, quien levantó su carpa con bolsas de arpillera, iluminándola con tela embebida en grasa combustible de viejos envases. Se trató del Circo Flor América, donde actuaba vestido de forma estrafalaria y con el rostro pintado. Sin embargo, la gran figura fundadora de la arena autóctona fue José "Pepe" Podestá, creador del payaso Pepino el 88, quien desarrolló y dirigió la puesta de la pantomima basada en la novela Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez. Estrenada con parlamentos en Chivilcoy, Provincia de Buenos Aires, en 1866, dio nacimiento al verdadero circo criollo que comenzó a recorrer los caminos del país. Con los años, Pepe se quedó con el repertorio gauchesco (que incluía lenguaje y ambientación rural combinados con danzas folklóricas), variedad que se cerró en 1896 con Calandria de Martiniano Leguizamón.

La inmigración, por su parte, había traído consigo el auge del sainete español, origen del sainete criollo, testigo de los conflictos urbanos que planteaba la nueva realidad circundante: conventillos, calles, cafés, se convirtieron en centro de la escena. Autores como Nemesio Trejo (Los Políticos), Carlos M. Pacheco (Los Disfrazados) o Enrique García Velloso (Gabino el Mayoral) dieron los primeros pasos en el denominado "género chico", que pasando por Alberto Vacarezza (Los Escrushantes, El Conventillo de la Paloma) concluirá bien entrado el siglo XX en el grotesco de Armando Discépolo (Mustafá, Muñeca, Stéfano).

El Nuevo Siglo

Los comienzos del siglo XX inauguran la época de oro, donde brillaron los nombres de Roberto J. Payró (Sobre las Ruinas; Marco Severi), Florencio Sánchez (Nuestros Hijos; En Familia) y Gregorio de Laferrere (¡Jettatore!; Las de Barranco), quienes dieron gran impulso a la actividad escénica, basados en una estética costumbrista de alto impacto en el público.

El gran hito se produjo en 1930, cuando Leónidas Barletta fundó el Teatro del Pueblo, piedra fundamental del movimiento independiente, ubicado en las antípodas de lo comercial. La iniciativa tuvo su período más fructífero entre 1937 y 1943, con un repertorio universal que no descuidaba la producción de autores nacionales como Roberto Arlt (Saverio el Cruel; 300 Millones; La Isla Desierta), Raúl González Tuñón (El Descosido; La Cueva Caliente), Álvaro Yunque (La Muerte es Hermosa y Blanca; Los Cínicos) y Nicolás Olivari (Un Auxilio en la 34).

La década del 40 se caracterizó por la afirmación del teatro independiente y la proliferación del vocacional. Además de Barletta, cabe citar elencos como La Máscara y el Grupo Juan B. Justo. Nuevos dramaturgos como Andrés Lizarraga (Tres Jueces para un Largo Silencio; Alto Perú), Agustín Cuzzani (Una Libra de Carne; El Centrofoward Murió al Amanecer) o Aurelio Ferreti (La Multitud; Fidela) estrenaron sus primeras obras. Se afianzó también el teatro de títeres, con la producción de Javier Villafañe (Títeres de La Andariega) y Mané Bernardo (Títeres: Magia del Teatro), que luego continuarán Ariel Bufano (Carrusel Titiritero) o Sarah Bianchi (Títeres para Niños).

La Consolidación del Teatro Independiente

Una segunda etapa del teatro independiente se desarrolló en los umbrales de los años 50. A la entrega de la primera época, se agregó el afán de capacitación, estudio y formación por parte de actores, directores y dramaturgos. Los nuevos elencos: Teatro Popular Fray Mocho, dirigido por Oscar Ferrigno; Nuevo Teatro, conducido por Alejandra Boero y Pedro Asquini; Los Independientes, fundado por Onofre Lovero; a los que se sumó la producción del Instituto de Arte Moderno (IAM), de la Organización Latinoamericana de Teatro (OLAT), del Teatro Telón o del Teatro Estudio, encontraron su réplica en el interior del país.

En 1949, Carlos Gorostiza (El Pan de la Locura, Los Prójimos, El Acompañamiento) estrenó El Puente. A esta segunda etapa corresponden también las primeras producciones de autores como Pablo Palant (El Escarabajo), Juan Carlos Ghiano (La Puerta del Río; Narcisa Garay, Mujer para Llorar), Juan Carlos Gené (El Herrero y el Diablo) y Osvaldo Dragún (La Peste viene de Melos; Historias para ser Contadas).

Los ´60, años de cambio y de cuestionamientos sociales, éticos y estéticos, produjeron una renovación en la escritura teatral y en la puesta en escena, que se perfilará en tres direcciones diferentes:

El teatro de vanguardia y experimentación, a la luz de las búsquedas iniciadas en el Instituto Di Tella, con las producciones de Eduardo Pavlosky (Espera Trágica, El Señor Galíndez) y de Griselda Gambaro (El Desatino, El Campo), que vigorizaron nuestra escena;

El realismo social, representado por Soledad para Cuatro de Ricardo Halac, Nuestro Fin de Semana de Roberto Cossa o Réquiem para un Viernes a la Noche de Germán Rozenmacher;

El nuevo grotesco, representado por La Fiaca de Ricardo Talesnik, La Valija de Julio Mauricio o La Nona del propio Cossa.

También en aquella época cobró auge el café concert, que incluía música, varieté y sketches diversos y que tuvo su centro en La Botica del Ángel de Eduardo Bergara Leumann o La Recova, donde se impusieron Carlos Perciavalle, Antonio Gasalla y Edda Díaz.

Teatro Abierto

Con la dictadura militar de mediados de los años ´70, soplaron aires sombríos. Muchos actores y gente del oficio se vieron obligados a emigrar, los empresarios sólo llevaron a escena comedias livianas y en los teatros oficiales se impusieron "listas negras" que influyeron en directores y productores.

La resistencia se recluyó en pequeños teatros y fue el movimiento independiente el que oxigenó el ambiente: autores como Osvaldo Dragún, Roberto Cossa, Carlos Somigliana (El Avión Negro, El ex alumno) y Carlos Gorostiza, con el apoyo de otros dramaturgos y actores, crearon Teatro Abierto, inaugurado el 28 de julio de 1981 en el Teatro del Picadero. Desde la primera función la convocatoria desbordó las 300 localidades previstas en un horario insólito y a un precio exiguo. Una semana después un comando de la dictadura incendió la sala y esto provocó la mayor solidaridad social. Casi veinte dueños de salas, incluidas las más comerciales, se ofrecieron para garantizar la continuidad del ciclo y más de cien pintores donaron sus obras para recuperar las pérdidas. Teatro Abierto continuó y cada función fue un acto antifascista cuya repercusión estimuló a otros artistas y así surgieron, a partir de 1982: Danza Abierta, Poesía Abierta y Cine Abierto.

El Regreso a la Democracia

El retorno democrático permitió el surgimiento de nuevas búsquedas. Un teatro trasgresor modificó la estética escénica a partir de las experiencias del Parakultural, que incorporó otros lenguajes, en especial, el humor corrosivo y crítico. Son figuras de este movimiento La Organización Negra (antecedente de De La Guarda), El Clú del Clawn, Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese y Alejandra Flechner, por citar sólo algunos.

El fin de siglo heredó estas propuestas y ofrece además un teatro basado en una mayor destreza física del actor, al que acompañan títeres y muñecos. El caso más emblemático es el de El Periférico de Objetos.

El Teatro Hoy

Actualmente el teatro sigue siendo una actividad muy fecunda en la Argentina.

En cuanto a la dramaturgia, puede decirse que se ha consolidado la producción, a partir de la obra de figuras como Ricardo Monti (Maratón), Mauricio Kartun (Chau Misterix), Eduardo Rovner (Sócrates, el Encantador de Almas), Jorge Goldenberg (Cartas a Moreno), Bernardo Carey (Bar Grill), Roberto Perinelli (Landrú, Asesino de Mujeres), Víctor Winer (Postal de Vuelo), Alejandro Tantanian (Juegos de Damas Crueles) y José Luis Arce (La Conspiración Amarga). Han surgido nuevos talentos como Daniel Veronese (La Noche devora a sus Hijos), Enrique Morales (Huellas), y Javier Daulte (Marta Stutz).

Las mujeres, por su parte, comienzan a ser justamente reconocidas por su quehacer. Al nombre siempre vigente e innovador de Griselda Gambaro, pueden sumarse los de Alicia Muñoz (Un León bajo el Agua), Susana Gutiérrez Posse (Brilla por Ausencia), Adriana Cursi (¿Quién espera a Papá Noel?), Cristina Escofet (Señoritas en Concierto), Patricia Zangaro (Las Razones del Bosque), Amancay Espíndola (Mujeres de Colores), Andrea Garrote (La Ropa), Cecilia Propato (Pieza Veintisiete) y Mariana Trajtenberg (Mar de Margaritas).

LITERATURA

Los Inicios

La Conquista

Si bien algunos estudiosos coinciden en señalar como precursores de nuestras letras a Martín del Barco Centenera, Ruy Díaz de Guzmán o Ulrico Schmidl, lo cierto es que se trata de cronistas cuyas obras revisten más un interés histórico que literario.
La ColoniaLa crítica rescata especialmente en el siglo XVII los nombres de Luis de Tejeda, el primer poeta nativo, y el de Reginaldo de Lizárraga (llamado en realidad Baltasar de Obando), el primer viajero del Tucumán.

 
La Revolución de Mayo

El fervor independentista encontró su expresión bajo la estética neoclásica en las composiciones de Vicente López y Planes, Esteban de Luca y Pantaleón Rivarola. Bajo la misma preceptiva pueden considerarse la dramaturgia de Manuel José de Lavardén o las fábulas de Domingo de Azcuénaga. Cabe recordar que por aquellos años comenzaron a circular los primeros periódicos: El Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiógrafo del Río de la Plata; La Gaceta de Buenos Aires; El Correo de Comercio, que incluían páginas literarias, lo que contribuyó a la creación de un público lector.

Con el mismo impulso revolucionario surgió la gauchesca, poesía popular típicamente rioplatense, que tiene como fundador a Bartolomé Hidalgo. El desarrollo del género continuó con Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo (que no alcanzó la cualidad genuina de su predecesor) hasta su culminación, muchos años después, con el Martín Fierro de José Hernández en 1872.

Los Años Posteriores a la Independencia

La ruptura política con la corona española propició también la ruptura estética y la adhesión a los postulados del romanticismo francés. Dos textos centrales iluminan la literatura de este período: El Matadero de Esteban Echeverría, considerado por la crítica como el primer cuento argentino, y el Facundo de Sarmiento. Ambas obras, producto de la pluma de escritores exiliados (Ricardo Rojas definirá a esta generación como la de "los proscritos"), subordinan sus indudables valores estético-literarios a un fuerte cometido ideológico. A este grupo pertenece también la producción de José Mármol, autor de la primera novela argentina: Amalia, o la de ensayistas como Juan Bautista Alberdi con su Bases y puntos de partida para la organización política de la Nación Argentina.

La Organización Nacional

Tras la caída de Rosas en la batalla de Caseros, se inició un período de relativa estabilidad política que encontró su formulación más sólida en la denominada Generación del 80. Sus hombres, destacados dirigentes de "la cosa pública" y dedicados también a las letras, acentuaron la admiración por lo europeo y la primacía cultural porteña.

Las figuras más representativas de este período son Eduardo Wilde (Aguas Abajo), Miguel Cané (Juvenilia), Eugenio Cambaceres (Sin Rumbo), Lucio V. López (La Gran Aldea) y el más lúcido y original de todos: Lucio V. Mansilla (Una Excursión a los Indios Ranqueles).

El Fin de Siglo

Con la llegada al país del poeta nicaragüense Rubén Darío, se produjo la revolución modernista y el nacimiento de una nueva estética, signada por el simbolismo y el preciosismo.

Leopoldo Lugones, autor de Los Crepúsculos del Jardín, se convirtió no sólo en la figura más representativa de estos años, sino en un modelo de emulación con una larga descendencia posterior. A este movimiento adscribieron los primeros escritos de Horacio Quiroga o Alfonsina Storni, quienes luego encontrarán su propia voz en obras como Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte y El Dulce Daño, respectivamente.

Otra corriente, de fuerte raigambre realista y costumbrista, se afirmó por esos años. En la narrativa, tras las huellas de Eduardo Gutiérrez (Juan Moreira) o de Fray Mocho -José Sixto Álvarez- (Memorias de un Vigilante) se destacó especialmente Roberto J. Payró (Divertidas Aventuras del Nieto de Juan Moreira), en tanto que en la lírica se consolida una estética de lo popular que alcanzó su consagración en la poética de Baldomero Fernández Moreno (Por el Amor y por Ella) y de Evaristo Carriego (Misas Herejes).

La Primera Mitad del Siglo XX

La primera gran fractura en el campo de la literatura argentina se produjo en torno a la aparición de la revista Martín Fierro, entre 1924 y 1927. Influenciados por las vanguardias europeas posteriores a la primera guerra mundial, Oliverio Girondo (Espantapájaros), Conrado Nalé Roxlo (El Grillo), Norah Lange (El Rumbo de la Rosa), Leopoldo Marechal (Cántico Espiritual) y Jorge Luis Borges (Fervor de Buenos Aires) -entre otros- arremetieron contra "la impermeabilidad hipopotámica del honorable público" y "la funeraria solemnidad del historiador y del catedrático, que todo lo momifican".

La ironía, el desenfado y la irreverencia fueron las armas con que este grupo intentó sepultar la influencia de Lugones, del modernismo ya decadente y de la producción de la generación anterior, de la que sólo reivindicaron a Macedonio Fernández (Historia de la Novela de la Eterna), talento excepcional de las letras argentinas. Bajo la denominación de Florida (todos ellos son habitués de la confitería Richmond ubicada en esa calle porteña) desarrollaron sus propuestas estéticas también en las páginas de las revistas Proa o Prisma.

En las antípodas en tanto, se consolida el denominado grupo de Boedo (sus integrantes se reúnen en los cafés del populoso barrio homónimo), que nuclea a Leónidas Barletta (El Barco en la Botella), Elías Castelnuovo (Memorias), Álvaro Yunque -Arístides Gandolfi Herrero- (Barcos de Papel), Roberto Mariani (Cuentos de la Oficina), Raúl González Tuñón (La Rosa Blindada) y Roberto Arlt (Los Siete Locos), identificados todos ellos con una concepción de la literatura como herramienta al servicio de la revolución y el cambio social. Los hijos de los inmigrantes de la generación del 80 fueron destinatarios de esta propuesta estético-ideológica que enunció sus postulados desde las revistas Los Pensadores, Dínamo, Extrema Izquierda y la Editorial Claridad de Antonio Zamora.

Al llegar la década del 30 Victoria Ocampo fundó la cosmopolita revista Sur, que dirigirá hasta 1970. Tributaria de una concepción elitista como la que había enorgullecido a los hombres de Florida, Sur consolidó un espacio para la traducción literaria y la difusión de la obra de los argentinos Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares (La Invención de Morel) o Silvina Ocampo (Las Invitadas).

Las décadas del 40 y del 50 estuvieron marcadas por la aparición de Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal (que implica una transformación de la novela). Al mismo tiempo, la revaloración en los ámbitos urbanos de la literatura de las provincias y el paralelo desarrollo de lo nostálgico-descriptivo encontró a sus mejores exponentes en la escritura de Vicente Barbieri (Anillo de Sal), León Benarós (Romances de la Tierra) y muy especialmente en la de Olga Orozco (Los juegos peligrosos).

El Último Medio Siglo

En los años ´60 la industria cultural produjo en el continente americano una verdadera revolución editorial, conocida como el boom. Dos novelas anteriores pueden considerarse precursoras: Sobre Héroes y Tumbas de Ernesto Sábato y Bomarzo de Manuel Mujica Láinez, que tuvieron una importante repercusión en el público lector. Una relectura de la obra de Roberto Arlt desde la crítica académica, más los importantes cambios político-sociales que caracterizaron a esta década configuraron un campo para la literatura de aquellos años, que tuvo sus mejores expresiones -más allá de las variables de género y estilos- en la producción de Julio Cortázar (Rayuela), Alejandra Pizarnik (Los Trabajos y las Noches), Manuel Puig (La Traición de Rita Hayworth), Juan José Saer (El Limonero Real), Abelardo Castillo (Cuentos Crueles), Tununa Mercado (Celebrar a la Mujer como a una Pascua), Noemí Ulla (Los que Esperan el Alba), Liliana Hecker (Los Bordes de lo Real) y Horacio Salas (La Soledad en Pedazos), entre otros.

La década siguiente se ensombreció con la dictadura militar, que provocó el exilio de notables creadores como el poeta Juan Gelman (Cólera Buey) y los narradores Antonio Di Benedetto (Zama) o Daniel Moyano (El Vuelo del Tigre), y la desaparición forzada de Haroldo Conti (Mascaró), Roberto Santoro (No Negociable) y Rodolfo Walsh (Operación Masacre).

El retorno de la democracia permitió la reedición y relectura de textos y autores, entre ellos: David Viñas (Jauría), Ricardo Piglia (Respiración Artificial), Eduardo Belgrano Rawson (No se Turbe Vuestro Corazón), Miguel Briante (Ley de Juego), conjuntamente con la aparición de una "escritura de la memoria" que intentaba dar cuenta -con dispares resultados- de lo ocurrido en los años de plomo: Pedro Orgambide (Pura Memoria), Osvaldo Soriano (No Habrá Más Penas Ni Olvido), Juan Martini (La Vida Entera), Tomás Eloy Martínez (La Novela de Perón), Javier Torre (Quemar las Naves) o Jorge Manzur (Tinta Roja).

En cuanto a la actualidad, la proximidad temporal impide un análisis equilibrado. Las elecciones de los lectores recaen en la obra de César Aira (La Serpiente), Juan Forn (Nadar de Noche), Alberto Laiseca (Los Soria), Roberto Fontanarrosa (No sé si he sido Claro), Angélica Gorodischer (Menta), Elsa Osorio (Cielo de Tango), Martín Caparrós (El Tercer Cuerpo), Sylvia Iparraguirre (El Parque), Josefina Delgado (Salvadora, la Dueña del Diario Crítica) y Federico Andahazi (El Anatomista) -por citar sólo a algunos.

MÚSICA

Argentina es considerada como uno de los países latinoamericanos con mayor variedad en el aspecto musical. Es posible, en consecuencia, hallar un gran repertorio de géneros, en función de la diversidad cultural que la caracteriza.

Música Indígena

Los pueblos originarios todavía conservan su música, aunque con posibilidades escasas de difusión masiva. La tradición oral de chiriguanos, chorotes, mapuches, pilagás, tehuelches, tobas, wichíes -entre otras comunidades originarias- ha sido recopilada con trabajos de campo desde 1931 por parte investigadores del Instituto Nacional de Musicología Carlos Vega.

 

 Música Folklórica

En la fusión con los elementos de la conquista española, se fue conformando lo que se conoce como el folklore nacional, destacándose especies como la zamba, el chamamé, el carnavalito o el pericón, cada uno con sus ritmos e instrumentos propios, característicos de cada región. Sin embargo, todas ellas fueron permeables a las influencias de regiones vecinas o de países limítrofes.
Sobre la base de estas creaciones colectivas, se afianzó una importante corriente apoyada en la individualidad creadora de destacados compositores como Atahualpa Yupanqui, Tránsito Cocomarola o Linares Cardozo, quienes nutrieron la denominada música de proyección folklórica. Recientemente, para su interpretación se han agregado instrumentos no convencionales como saxo, flauta traversa, órgano, teclados y batería, innovación que va ganando adeptos de manera paulatina.

El Tango

A partir de 1880, con la incorporación de corrientes de inmigrantes, nuestra música se enriquece. Con su contribución, en los suburbios de Buenos Aires se fue modelando el tango en arrabales y prostíbulos. En tiempos iniciales se interpretaba con violín, guitarra y flauta, pero hacia 1900 ésta fue reemplazada por el bandoneón, traído por los inmigrantes alemanes.
La danza fue un elemento esencial para la difusión del género y se desarrolló sobre dos vertientes: la de ritmo alegre, veloz y vivaz; y la triste, sentimental y reconcentrada. En esta segunda etapa cobró importancia la letra, a la que daba su impronta personal cada cantante. Entre los más destacados brilló Carlos Gardel, "el zorzal criollo", incuestionable divulgador del tango.
En la década del 40, con el aporte de músicos y poetas provenientes del interior, los solistas recurrieron a temas evocativos, familiares, amorosos o testimoniales.
La radiofonía y el cine nacionales contribuyeron notablemente a llevar al tango a un período de esplendor hasta iniciados los años 50, con letristas, cantantes y músicos de la talla de Osvaldo Pugliese, Francisco Canaro, Enrique Cadícamo, Aníbal Troilo, Horacio Salgán, Homero Manzi, Edmundo Rivero y los hermanos Virgilio y Homero Expósito.
Entre los años 60 y 70, las preferencias populares se orientaron hacia otros géneros. Sin embargo, el tango conoció un momento de especial fecundidad con variantes modernas como las del Sexteto Mayor, el Cuarteto de Colángelo y especialmente con Astor Piazzolla.
Las especies más tradicionales se conservarán, aunque renovadas con el aporte de personales intérpretes como Julio Sosa y Roberto Goyeneche.
Actualmente el género ha despertado el interés de las generaciones más jóvenes y han surgido compositores que cultivan incluso, el tango electrónico.
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La Murga

Es otro género significativo de la cultura urbana, fuerte expresión de los sectores populares en los carnavales. Su origen es incierto, aunque se inscribe en la tradición carnestolenda del exceso y la liberación de los cuerpos, acrisolada con el candombe (surgido en el Río de la Plata y patrimonio de los esclavos traídos desde África).
La última dictadura militar argentina prohibió tales festejos, pero las murgas barriales sobrevivieron y con la conquista de la democracia renovaron su gracia y su brío.

El Rock

Iniciada la década del 60, la Argentina fue sacudida musicalmente por el fenómeno "beatle" y algunos grupos locales procedieron a imitarlos. Sin embargo, hubo talentos que encontraron su expresión propia. El éxito de ventas del primer LP de rock nacional grabado por Los Gatos, dio cuenta de que ya había en el país un público para el género y con Almendra y Manal, quedó configurada a comienzos de los 70 la trilogía fundacional. A esta etapa pertenece también el dúo Sui Géneris, que impuso sus temas acústicos, hoy verdaderos clásicos.
El segundo momento se caracteriza especialmente porque el género se convierte en un espacio urbano de resistencia al autoritarismo dictatorial. La máquina de hacer pájaros, Serú Girán, León Gieco y el regreso de los grupos fundacionales son hitos de esta etapa que culminó en un fortalecimiento del rock a partir de la guerra de Malvinas (1982), cuando la dictadura militar prohibió la difusión de música en inglés. Al mismo tiempo, aparecieron nuevas figuras que concitaron gran aceptación.
El retorno a la democracia se vio acompañado del regreso de músicos del exilio o del surgimiento de grupos que aportaron un estilo bailable.
En la década del 90 el género abarcó propuestas variadas: el rock puro, el pop, el punk, el metal, el rap. Actualmente ya ha incorporado el ska, el reggae y otras especies, con las connotaciones temáticas que diferencian tales vertientes entre sí.

Otras Expresiones

La cumbia se introdujo en el país desarrollándose con ritmos mucho más simples que en Colombia, su tierra de origen. Aunque esta música suele ser sinónimo de distracción o de evasión, hay una vertiente contestataria que, con expresiones, giros y jerga propia, intenta marcar la diferencia.
También el cuarteto, como expresión de la cultura popular ha tenido una importante expansión en los últimos tiempos, sobre todo entre los sectores de menos recursos.

Música Académica

Con la conquista española se produjo el ingreso de los primeros instrumentos musicales europeos, mientras que en el período colonial la actividad musical se tornó más intensa, merced a la intervención de las órdenes religiosas.
A comienzos del siglo XVIII se propició la enseñanza y se intensificó el aporte del viejo continente a través de la visita de músicos y de la importación de partituras y libros de música. En 1757 se construyó en Buenos Aires el primer teatro de óperas y comedias y en 1783 se inauguró el Teatro de la Ranchería.
Con el movimiento emancipador de Mayo, se renovó la canción patriótica, destacándose figuras como Blas Parera, Luis Ambrosio Morante o José Picazarri.
A ellos le siguieron los denominados precursores, primeros compositores nacidos en suelo argentino: Juan Pedro Esnaola, Amancio Alcorta y Juan Baustista Alberdi. No se trataba de profesionales sino de aficionados, que alternaban su vocación musical con otras actividades. Los géneros en boga eran la música de salón, concebida para la danza, y la canción; al igual que en Europa, la música de cámara formaba parte de la vida cotidiana.
La generación siguiente incluyó a músicos ya profesionales: son los nacidos entre 1860 y 1875, entre cuyos representantes más notables figuran Alberto Williams, Julián Aguirre y Arturo Berutti.
A esta generación le sigue un conjunto destacado de músicos nacidos entre 1875 a 1890, que estudiaron en Europa y al regresar desarrollaron su actividad como creadores, docentes, fundadores de institutos o directores de sociedades musicales. Su formación los llevó a incursionar en todos los géneros y a adoptar una actitud más conciente ante la recolección folklórica. Entre ellos se destacan Felipe Boero, Ernesto Drangosch, Floro Ugarte y Carlos López Buchardo, director-fundador en 1924 del Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico que hoy lleva su nombre.
A partir de fines de la década del 20 se produjo la irrupción de lenguajes neoclásicos en la música culta argentina, lo que significó la primera aparición de una vanguardia que cambió el rumbo de la generación anterior.
La producción argentina en las décadas del 40 y del 50 estuvo a cargo de los primeros egresados del Conservatorio Nacional y en este escenario, dos músicos representaron las dos tendencias en pugna: Alberto Ginastera y Carlos Guastavino.
Los comienzos de la década del 60 generan cambios experimentales de relevancia y destacan Alicia Terzian, Guillermo Graetzer y Roberto García Morillo.
En la actualidad, los creadores argentinos que no desdeñan la exploración instrumental, la electroacústica, y la apropiación de nuevas tecnologías, consolidan una trayectoria musical que prestigia al país. Por citar sólo algunos: Oscar Di Lisia, Carlos Carmona, Gabriel Senanes o Ricardo de Armas.